La vía pública es libre para estacionarse de INDIRA KEMPIS

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Súbete a la banqueta”, todavía escucho en las calles las lecciones de vialidad y tránsito que desde niños hemos aprendido en nuestro paradigma de la ciudad inhumana. Pero además de eso, la cortesía vial para quienes caminamos por el espacio público radica en esos puentes peatonales de enorme tamaño por los cuales, si eres una persona con discapacidad, te duelen los huesos o eres adulto mayor, son imposibles de usar.

En la dinámica social que hemos creado al privilegiar los espacios para el automóvil (tengo que hacer la aclaración que tampoco se trata de excluirlo) estamos desplazando lo que somos por naturaleza por la forma de nuestros cuerpos.

Si a eso le agregamos el poco talento en el tema urbano y la falta de actualización en lo público, pues resulta en infraestructura que tal parece resolvernos el problema, pero que en el fondo lo limita o incluso lo agrava.

De ahí que las propuestas comunes, tradicionales o socialmente aceptadas, consistan en educarnos vialmente, proponer tales puentes peatonales, construir más vialidades o destinar más cajones de estacionamiento en el espacio. He visto pelear a decenas de personas por considerar que esas son las soluciones viables ante los accidentes y la inseguridad peatonal a la que nos exponemos.

No obstante, otros países como Holanda, España o Colombia, han experimentado con nuevas formas en la infraestructura que acompañada de tecnología e innovación pueden ser diferentes alternativas que nos permitan gestar otras dinámicas del espacio, como en la movilidad. Y, como dirían por ahí: “si quieres cambio verdadero, pues camina distinto”.

La primera opción es el no respeto de la banqueta… ¿Qué? Sí, así como lo lees. Las banquetas están diseñadas para protegernos del automóvil. De a acuerdo a Javier Barreiro en un artículo sobre banquetas, afirma que: “Las banquetas (o aceras o veredas) son un invento reciente, de la Europa del siglo 19. Mejor dicho, en ese tiempo se reinventan, porque los romanos ya las conocían y Pompeya muestra esas cebras peatonales, en forma de pilares, por donde se atravesaban aquellas calles, que eran auténticos lodazales donde confluían los desagües domésticos y toda la inmundicia imaginable. En los inicios de la modernidad se vuelve a separar vehículos de peatones, todo un emblema de civismo.

Sin embargo, en las ciudades europeas donde pervive la planta medieval, el peatón sigue conviviendo, primero con el carruaje y luego con el coche, y la ausencia de banquetas sigue predominando en los centros históricos de Roma, Florencia, Ámsterdam o de cualquier pueblo medieval”.

¿Te das cuenta? Separamos a los vehículos de los peatones, donde el espacio predominante es el del vehículo y no los peatones, donde forzamos a quienes caminamos a estar acechados en un estrecho camino y en la arbitrariedad casi de “fortuna” de caminar en una obra pública bien hecha o no, donde seguimos creyendo que la banqueta es un accesorio urbano sin prioridad ni uso, menos utilidad.

Entonces, si en los centros históricos europeos se ha preservado la ausencia de “protección” o “separación” de vehículos y piernas, entonces, quiere decir que la estrategia puede volcarse a esta tendencia.

El Gobierno del Distrito Federal, por ejemplo, está comprendiendo la necesidad de peatonalizar las áreas perimetrales más próximas a los centros de actividades comerciales, artísticas o públicas, para generar otras formas de moverse, comprar, interactuar con el espacio sin necesidad de establecer esa línea divisoria entre un lugar y el otro.

Sus más recientes diseños no tienen banqueta.

Calles que sean completamente peatonales, zona de pacificación de velocidad, ampliación del suelo ocupado por los peatones pero no con el tradicional “pecho paloma”, sino diferenciado únicamente por tipo de mosaico o con mobiliario que permita la distinción entre una zona y otra, son hoy parte de las estrategias en política pública a nivel nacional que comienzan a tener mejores resultados que todos los aquí expuestos anteriormente.

La calidad de vida en los lugares donde transitamos que, además, son los espacios públicos inmediatos, también se ha convertido en uno de los indicadores de desarrollo humano que evalúan nuestra evolución. Así que a diferencia de lo popular, la banqueta tradicional nunca ha estado hecha para respetarse, es más no tendríamos por qué.